domingo, 10 de julio de 2011

De monos y monerías



Edgar, mi marido, es un tipo realmente entretenido.  Tiene anécdotas y cuentos de todo tipo, para todas las edades y para todos los gustos.  Es espontáneo, bueno para hacer bromas y siempre respetuoso pero también es una persona muy seria y con mucho fundamento, así que a la hora de discutir un tema mejor tener muy buenos y firmes argumentos si se quiere polemizar con él porque ha leído desde La Biblia a El Capital.

De los primeros cuentos que le escuché está el de una selva en donde vivía un mono y un león.  Cuando el león quería descansar allí llegaba el mono a tirarle semillas y palos, lo orinaba y la mayor también hasta que lo hacía emigrar.  De día o de noche le estaba tirando la cola, la melena, volvía a tirarle semillas y ya lo tenía loco.  Un buen día el león le dice 
-Monito, venga acá.  Hagamos las paces, baje y conversemos.  
El mono le contestó: -¿Está más loco?  Imagínese si voy a bajar allá, de un solo manotazo y ¡adios monito!
-Monito, para que vea son buenas mis intenciones me voy a amarrar las manos y del dicho al hecho, agarra una liana y hace un nudo y quedan sus manos bien firmes.  Ahora puede venir
- ¿y las patas? ¿Usted cree que me voy a confiar si igual tiene las patas sueltas?
El león procede a hacer la misma operación con las patas.  Y ahí baja el mono todo tembloroso y entonces el león le dice ¿Ve?, no tenga miedo, ya están bien firmes y no me puedo mover.  Entonces el mono todavía tembloroso le dice  Es que es primera vez que me fornicaré a un león.

Esto viene al caso porque, cuando llegamos a Costa Rica hace 25 años, fuimos de visita al Parque Nacional Manuel Antonio.  En ese tiempo era todo muy sencillo y rústico y al recorrer los senderos nos topamos con una manada de monos cariblancos que hacían todo tipo de ruidos y nos tiraban pequeños palos, ramas y semillas para que dejáramos su espacio libre.  Con mi cámara de turista no podía perder la oportunidad y me paré lo mejor que pude entre las piedras y raíces del sendero para no perder el equilibrio, enfoco la cámara y... Edgar me empuja a un lado.  Como conocedor de las gracias de los monos los estaba observando y vio cuando uno de ellos se colocó sobre mí para hacer algo que de verdad me espantara y el agraciado fue él, el mono lo orinó y lo cagó entero.

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